Non sine sole iris #1

Escrito por Mariajosé Gallardo el 09/04/2014

A medio camino entre la posible interpretación actual de un retablo barroco y la recreación contemporánea de un gabinete de curiosidades, ha concebido María José Gallardo (Villafranca de los Barros, Badajoz, 1978), Non Sine Sole Iris (Sin sol no hay arco iris), una muestra de sugerente título y no menos sugerente contenido, producida específicamente para el espacio del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC).

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Consciente de que el orden visual incide tanto en la percepción como en la lectura de la obra y por supuesto, en la experiencia cognitiva pero también en el disfrute, la artista se apropia de la manera en que las Kunstkammer o cámara de las maravillas presentaban sus colecciones de cuadros y objetos extraños en la época de las grandes exploraciones (S. XVI y XVII) para mostrarnos su propia colección. Con una disposición, estructura y temática, más que meditada y construida ex profeso para el lugar físico que ocupa (con toda la carga histórica y las connotaciones simbólicas que arrastra el icónico edificio monacal/industrial que alberga el CAAC), Gallardo nos muestra más de 50 lienzos con una narrativa que parte del retrato de una dama que da título a la muestra, Non Sine Sole Iris. Se trata de un retrato de cuerpo entero en el que la mujer representada mira de frente al espectador; no estamos seguros de si le interroga o le reta. Su rostro delgado de pálida tez, nos recuerda al tipo de mujer popularizada por la pintura la prerrafaelita. Larga y rubia cabellera, simbólicamente recogida a un lado sin dejar que la melena se suelte libremente, manteniendo cierto pulso con las representaciones de la femme fatale. Comienza el juego de contrastes.

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Su vestimenta pseudo militar, tremendamente decorada, repleta de simbología con cierto toque punk, hace que rememoremos tanto aquella iconografía de los retratos de la realeza del S. XVII, como la estética atrevida que Nicola Formichetti ha construido para Lady Gaga.

Miremos con detalle el lienzo y repasemos la compleja iconografía que nos ofrece: la serpiente, símbolo de sabiduría pero también icono satánico, -asociada al primer acto de desobediencia femenino… y al castigo consecuente -, aparece enroscada en la mano derecha que sujeta firmemente un arco iris y que simboliza la prosperidad, pero también la etérea unión de lo divino y lo humano. La rosa de los Tudor, símbolo no solo del amor y del deseo, sino también emblema del secreto desde que Eros le diera la flor al dios del silencio Harpócrates para inducirlo a no cotillear sobre las indiscreciones de su madre Afrodita; la telaraña que se teje en un estratégico lugar; el abanico que reclama la coquetería; las bellotas que aluden a la tierra natal de la artista, Extremadura; los genitales masculinos que decoran, camuflados o no tanto, el cuadro; el tigre a los pies de la mujer para darnos idea de su poder.

La escena de caza de fondo, los corazones, los pinchos punkis, el murciélago de Batman pintado a la manera de un símbolo medieval, el bello cisne, el puño negro hacia abajo, etc. etc. etc., son tantos los detalles que una enumeración exhaustiva se hace imposible.

El cuadro que vertebra la narración de Non Sine Sole Iris, y que curiosamente no ocupa el centro de la pared, sino que se desplaza hacia el extremo izquierdo, es una versión que Gallardo ha pintado del extraordinario retrato de Elisabeth I atribuido al retratista y miniaturista Isaac Oliver. Hija ilegítima de Ana Bolena y Enrique VIII bajo su reinado Inglaterra vivió una fase de gran desarrollo económico y esplendor cultural con un gran florecimiento de la literatura y el teatro con figuras como William Shakespeare o Christopher Marlowe, así como de la arquitectura o la música. Elisabeth I fue retratada en 1600 con un arco iris en su mano en clara alusión a que la prosperidad del país era fruto de su buen gobierno. Pudo haber sido conocida en lo sucesivo bajo el nombre de la Reina Culta o la Reina Próspera, pero… como nunca llegó a casarse ni tuvo descendencia, por una de esas “rarezas” de la vida, pasó a la historia como la Reina Virgen, ¿casualidad?. Y es por eso que en el cuadro de 1600 Isabel I es mostrada como Astrea, una figura mitológica que simboliza la justicia y divinidad (y que nos cuentan… ¡había conservado intacta su virginidad!). Por supuesto, es un cuadro con una iconografía compleja pensada con una sola idea: transmitir una imagen del poder.

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En la versión de la extremeña, la dama viste pantalones (¿otra casualidad?) y no sentimos que sea precisamente porque la autora quiera expresarnos un rechazo a la feminidad, sino más bien todo lo contrario, un deseo de mostrar una mujer empoderada. La artista reclama de esta manera, el derecho a utilizar la pintura para resignificar la representación de las mujeres bajo su condición de pintora.

Como han estudiado numerosas historiadoras del arte, entre otras Erika de Bornay o Silvia Eiblmayr, dentro del sistema simbólico de representación visual de Occidente, definido por lo masculino, “a la imagen de la ‘mujer’ se le había asignado una función especial: representar el objeto de la mirada, en el papel de la belleza ideal (la diosa Venus) y –dentro de la lógica de esta función imaginaria– también, lo contrario: la destrucción de este ideal. Su destrucción, la transformación de las formas y formatos clásicos de representación fue el objetivo de los movimientos artísticos de vanguardia en el siglo XX. Las mujeres artistas que se ocupaban de las convenciones de la representación visual se encontraron en una posición doble, a saber, ‘ser la Imagen’ y al mismo tiempo destruir este estado, socavándolo”. En los años sesenta algunas artistas recurrieron al vídeo como instrumento artístico de oposición a los medios de representación visual simbólicamente poderosos. Sin embargo, otras, como es el caso de Gallardo, han sabido confrontar esa histórica representación femenina con el mismo lenguaje utilizado durante siglos, la pintura, sabedora de que utiliza una herramienta valiosa.

Junto a este, hay otros retratos en la sala, la mayoría de ellos de figuras femeninas, y a través de ellos observamos que las mujeres de Gallardo poseen un tipo de belleza distante, casi letal y retadora. Es a la dulce representación de la perfecta ama de casa de los años 50’s que guisaba y planchaba como los ángeles, madre amantísima y esposa obedientísima, la hubiera pasado por una veladura que les enfrontara a su realidad y las hiciera reaccionar. Estas mujeres poseen ese perverso atractivo, que tantos hombres han deseado.. y que se produce cuando la sumisión esconde una clara rebeldía (¿casualidad también?).

Esther Regueira
noviembre 2013


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