39 wishes (2)

Escrito por Daniel Muñoz SAN el 06/01/2014

Daniel Muñoz es un trotamundos del tag, como testimonio invisible, y de lo grato que puede ser la mirada. El examen que provoca la retina de este artista, es una forma de tejer una autobiografía sobre el muro, sobre el soporte portátil y sobre el propio desecho. Hablar del desecho es hablar de identidad mitológica y de esa acumulación de posibilidades que aspiraron a la máxima categoría de nuestros intereses. Me gusta apuntar, por hacer una valoración argumental, a esa idea de Spinoza sobre lo que pudo ser, ese orden de interconexión entre las ideas y las cosas para citar, de alguna forma, cuáles han sido los caminos que van quedándose atrás y que van engordando esas páginas de un diario que tiene nombre propio.

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Al extremeño le seduce la metáfora del archivo de desperdicios, sin más acritud que hacer tangible la prudencia de negarse como un púgil victorioso. A través de la fenomenología del deseo, Daniel bascula lo que verdaderamente es fructífero y qué soluciones puede aportar a ese espacio fingido, desde la propia naturaleza de la plástica y desde la simbiosis lateral de la experiencia. Mediante su serie, “39 deseos”, el artista plantea un fichero de proyectos malogrados desde la idea de la intervención cosmopolita siendo estos, en un momento dado, el numero determinado de intentos sofocados.
La arquitectura llama muchas veces a ser partícipe de esos anhelos inconclusos: esa pared que nunca pudo ser envuelta en una epidermis conceptual de seres y teatralidad; ese muro que se escapó de las pretensiones inmortales del ensimismamiento; o ese objeto, en forma de mobiliario urbano, que nunca pudo compartir las peculiaridades del trazo y el gesto pictórico.

El arte del desecho puede posicionarnos en otra latitudes, unas de sobras conocidas en el medio artístico, esas que dejaron un rastro evidente, en la Italia de los años 60, con la figura de Mario Merz y otros agentes relacionados con el Arte Povera. Esta revisión no deja de ser un perpetuo diálogo con el pasado, y no es que esté fuera de lugar, ya que nos ayuda a ver de algún modo el carácter del discurso.

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El desecho a través del Arte Povera tiene un calado más abyecto. Evoca a otros lugares del recuerdo y tiende a desparramar sus esfuerzos relacionales en huir de la comercialización del arte: esquiva el preciosismo para ponerse al lado de la escurridiza visión grotesca del objeto. Un modo de vida inventivo y antidogmático, que dirían algunos, o una extensión del cuerpo y el alma del mismo conectándose directamente con el entorno, para producir hechos mágicos y descubrir las raíces de los acontecimientos.
Esos acontecimiento son los estrictamente personales y evidencian, de muchas formas, la capacidad de los artistas para hacernos cómplices de sus avatares, manías y complejos, como si se tratara de un fachada alzada que en, verdadera magnitud, describe una realidad omnipresente. Unas fachadas inalcanzables, no precisamente por altura, quizás si por cuestiones que se escapan de nuestro control y dejan un sedimento en nuestro hipocampo o, simplemente, pasan a mejor vida entronizando su elevación al tótem de lo imposible.

A Daniel Muñoz le gusta flirtear con ese gran apartado del desconcierto, como única ventana a una verdad que sólo podemos disfrutar, si nos dejan, a modo de exploración introspectiva, pasando esos lugares desplazados al incómodo lugar del arrepentimiento, donde los edificios y objetos participantes se convierten en una distopía innecesaria o en una meta a medio camino entre el lirismo y la especulación.

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Una inspiración natural autobiográfica, me recuerda particularmente el tipo de imaginación kantiana que se describe en los esquemas trascendentales, como puede reseñar Henry E. Allison en su libro “El idealismo transcendental de Kant: una interpretación y defensa”. Aunque para Charles Sanders Peirce -considerado el fundador del pragmatismo y el padre de la semiótica moderna- se trata de un tipo de imaginación creadora, que lucha por poner en la existencia algo que todavía no es, es decir, una imaginación que tiene en su esencia el sello de cualquier divinidad insigne o de cualquier falacia que tiene urgencia de dar una explicación más allá del yo: ese microcosmos caprichoso.

El arte como bitácora personal es un acto de honestidad peligroso, pero para los sensibles, es un gesto de absoluta integridad con lo que pretende decirse, dejando muy apartado ese plano estúpido de la pretenciosidad, a la que se le da demasiado protagonismo en ciertos foros, para poner en primer término el objeto de la creación, lo escrupuloso que es el método y el oficio, el conocimiento y la experiencia. Todo como máximos exponentes de un vergel que indaga sobre los pasos andados, la teatralidad en forma de fotografía desgastada y la amplificación de nuestro tono a través de un megáfono con mucho brillo.

Marcos Fernández


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